en̪.t̪en̪.ˈd̪i ˈt̪o.ð̞o: cómo me ayuda aprender fonética en mi adquisición de lenguas extranjeras

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oy en día está muy de moda decir que para aprender lenguas extranjeras no es necesario, por ejemplo, aprender gramática. O directamente que no hay que aprender gramática, como si aprenderla fuera algo malo. Yo pienso lo contrario, y probablemente influya en esto el tipo de aprendiente que soy: yo necesito saber por qué una palabra está en una oración, qué significa y qué función cumple. De hecho durante mis primeros años de aprendizaje del alemán no solo estudié gramática alemana, sino también gramática española, para compararlas, y me ayudó a avanzar mucho más rápido. Y di también un paso más: empecé a estudiar fonética. Esto también me ayudó a avanzar más rápido: saber fonética ahorra tiempo. Mucho tiempo. La pronunciación se trata de movimientos rápidos y precisos en los que los órganos del aparato fonador deben colocarse en determinada posición. Cuando aprendemos fonética aprendemos en qué posición debemos colocar estos órganos de forma consciente, en lugar de aprenderlo por imitación, a la larga, cuando vamos logrando mejorar nuestra pronunciación de la lengua meta con la práctica. Porque no, no todos los idiomas tienen los mismos fonemas y cuando aprendemos una lengua extranjera nos enfrentaremos a sonidos que en nuestra o nuestras lenguas no existen. Así, aprender teóricamente cómo debemos pronunciar un sonido nos permite ejecutar esos movimientos de forma consciente. Y si bien es muy difícil llegar a una pronunciación igual a la de un hablante nativo en una lengua extranjera adquirida en la edad adulta, aprender fonética sí que nos ayuda a mejorarla. ¿Por qué creo que aprender fonética ahorra tiempo al adquirir una lengua extranjera en la edad adulta? Porque mejora rápidamente la pronunciación, es decir, nos permite disminuir nuestro acento extranjero, algo que muchas veces nos limita, ya que al hablar muchas veces nos concentramos tanto en intentar pronunciar correctamente que le quitamos atención al contenido de lo que estamos diciendo. Esto es a diferencia de los niños, que aprenden los sonidos de su o sus lenguas maternas de forma natural. En este artículo veremos un poco de teoría de la adquisición de lenguas extranjeras y muchos conceptos y ejemplos de fonética. ¡Vamos!

La dificultad para sonar como un nativo después de la infancia tiene una base científica fascinante que fue explicada por el lingüista Noam Chomsky a través de su teoría de la Gramática Universal (GU). Chomsky postula que el ser humano no nace como una “pizarra en blanco”, sino con un “manual de instrucciones” biológico e innato para el lenguaje. Esta facultad permite que un niño, con solo escuchar su entorno, active automáticamente las reglas y sonidos del idioma o los idiomas que le rodean sin necesidad de estudio formal. Sin embargo, este mecanismo tiene una “fecha de caducidad” conocida como periodo crítico. En el campo de la fonética, esto es crucial: el cerebro infantil posee una plasticidad total para procesar cualquier sonido humano pero, al crecer, ese “manual” se especializa únicamente en los fonemas de la lengua materna. Al cerrarse esta ventana biológica perdemos la capacidad de adquirir sonidos por simple ósmosis. Es aquí donde aprender fonética cobra todo el sentido: como el “órgano del lenguaje” ya no hace el trabajo por nosotros de forma inconsciente, el estudio teórico de la fonética se convierte en la herramienta necesaria para hackear ese sistema y recuperar, mediante la consciencia y la técnica, la precisión que la biología dejó de darnos de forma gratuita.

no en̪.ˈt̪jen̪.do ˈna.ð̞a: el Alfabeto Fonético Internacional.

Para poder estudiar fonética de forma consciente podemos utilizar una herramienta que permite representar los sonidos del habla de manera precisa y universal: el Alfabeto Fonético Internacional (AFI), o IPA por sus siglas en inglés (International Phonetic Alphabet). El AFI es un sistema de notación desarrollado por la Asociación Fonética Internacional que asigna un símbolo único a cada sonido del habla humana, independientemente del idioma o de cómo se escriba ese sonido en la ortografía convencional. Esto es fundamental porque, como ya sabemos, la escritura no siempre refleja la pronunciación: la b y la v en español se escriben diferente pero suenan igual, mientras que en inglés ough puede pronunciarse de al menos cinco formas distintas (through, though, thorough, rough, thought). El AFI elimina esta ambigüedad: un símbolo siempre representa el mismo sonido, sin importar el idioma. Así, cuando vemos [i] sabemos exactamente qué vocal es, o cuando vemos [β̞] sabemos que se trata de una aproximante bilabial sonora. Esta precisión convierte al AFI en una herramienta indispensable no solo para lingüistas, sino también para cualquier persona que quiera mejorar conscientemente su pronunciación en una lengua extranjera. No voy a detallar el AFI en este artículo: ni siquiera lo domino. Pero es una herramienta útil para transcribir una palabra cuya pronunciación nos cuesta entender y así poder saber objetivamente cómo debemos pronunciarla.

La primera distinción que debemos hacer cuando queremos aprender fonética es entre vocales y consonantes. Las vocales se caracterizan por permitir el flujo del aire libremente, sin interposición de obstáculos. Es decir, el aire sale de manera continua y, además, son casi siempre sonoras, esto es, al pronunciarlas vibran las cuerdas vocales. Las consonantes, por su parte, implican algún tipo de obstáculo al flujo del aire, como una oclusión completa, una constricción o una interrupción momentánea del flujo del aire con una posterior constricción, por poner algunos ejemplos. 

Las vocales se clasifican según tres parámetros principales: la altura de la lengua en la cavidad oral, su posición anteroposterior y el redondeamiento de los labios. Así, hay vocales altas, como la i del español, en la que la parte posterior de la lengua se eleva hacia el paladar, vocales medias, como la e del español, en la que la parte posterior de la lengua permanece en una posición intermedia, y vocales bajas, como la a del español en la que la parte posterior de la lengua se aleja del paladar. Según la posición anteroposterior de la lengua pueden ser anteriores, en las que la punta de la lengua se posiciona adelante en la cavidad oral, como es el caso de la i del español, centrales, como la a del español, en la que la punta de la lengua se sitúa en medio de la cavidad oral, y posteriores, como la u del español en la que la lengua se encuentra retraída. Con respecto a la posición de los labios pueden ser redondeadas, como la u del español, que se pronuncia con los labios proyectados hacia adelante, o no redondeadas, como la a del español, que se pronuncian con los labios en posición más neutra o relajada. También existen vocales nasales, por ejemplo en francés y en portugués, en las que el velo del paladar desciende permitiendo la salida del aire por la nariz.

Un ejemplo práctico.

Cuando los hispanohablantes aprendemos alemán tenemos que enfrentarnos a un sonido que no existe en español: el de la ü. La explicación más común de cómo se pronuncia esta vocal es que para pronunciarla hay que colocar la boca como para pronunciar una u pero pronunciar una i. Y no está mal como explicación, pero lleva tiempo acostumbrarse y lleva tiempo entender el concepto. Pero si quien está aprendiendo a aprender este sonido sabe fonética sabrá conscientemente como posicionar el aparato fonador sabiendo que esta vocal es alta, anterior y redondeada, una combinación que no existe en español. Es decir, la parte posterior de la lengua se acerca al paladar, la punta de la lengua toca los dientes inferiores, los labios se proyectan hacia adelante. Haciendo esto de forma consciente es mucho más fácil acostumbrarnos a pronunciar un sonido que nos es ajeno. Y no lo digo por decirlo, lo cuento aquí porque me pasó. 

Las consonantes tienen una clasificación más compleja, basada en el modo de articulación, es decir, en cómo se genera la dificultad a la salida del aire, en el punto de articulación, esto es, en qué parte del aparato fonador se genera esta dificultad y en la sonoridad. Vamos paso a paso con una breve explicación de los sonidos consonánticos más frecuentes.

Modo de articulación.

Según el modo de articulación las consonantes pueden ser:

Oclusivas: el flujo del aire se corta por completo y luego se libera de golpe, como por ejemplo en la p.

Aproximantes: en el caso de las consonantes aproximantes dos estructuras se acercan entre sí pero no lo suficiente como para generar una turbulencia o fricción en la salida del aire. En el caso del idioma español hay un muy buen ejemplo para comprender esto, y es la pronunciación de la b y la v. En español, a diferencia de otros idiomas, estas dos letras se pronuncian de igual manera: por simplificar muchísimo, como oclusivas al inicio de una oración y como aproximantes luego de una vocal. Así, en la palabra vivo para pronunciar la primera v los labios se tocan interrumpiendo completamente el flujo del aire para luego liberarlo de golpe, pero en la segunda v se aproximan entre sí sin llegar a tocarse.

Fricativas: dos estructuras se acercan tanto entre sí que generan una turbulencia o fricción al pasaje del aire. Un ejemplo es la f del español, que es una fricativa labiodental, porque la fricción se produce entre los dientes superiores y el labio inferior, o la s, que es una fricativa predorsal en la mayor parte de Latinoamérica, porque se forma un canal entre el predorso de la lengua (que es la parte delantera de su cara superior), los alvéolos, que son la zona rugosa que hay detrás de los dientes superiores, y los dientes inferiores que genera una turbulencia, o una fricativa apicoalveolar en la mayor parte de España, porque esa turbulencia se genera entre los alvéolos y la punta de la lengua, que se aproxima a ellos sin llegar a tocarlos. 

Africadas: comienzan como una oclusión que luego deriva en fricción. Es decir, son una “combinación” de sonidos oclusivos y fricativos: en los sonidos oclusivos luego de la oclusión las estructuras que la causaron se separan liberando completamente el pasaje del aire. En los sonidos fricativos no hay oclusión previa a la fricción. En los sonidos africados hay una oclusión y luego de esta las estructuras que la causan se separan ligeramente, de manera que se produce una turbulencia. El mejor ejemplo de consonante africada del idioma español es el de la pronunciación del dígrafo ch. 

Nasal: se produce una oclusión al flujo del aire en algún punto de la cavidad oral que hace que el aire salga por la nariz, como en el caso de la n o la m.

Lateral: el aire sale por los costados de la lengua. Es decir, se produce una oclusión parcial al flujo del aire en el eje central del flujo del aire pero permitiendo que el aire fluya por los costados. Es el caso de la pronunciación de la l. 

Vibrante: la lengua vibra, o por ponerlo de una forma más fácil de entender, da uno o más “golpecitos” contra los alvéolos. La punta de la lengua toca los alvéolos y se aleja de inmediato, casi sin interrumpir el flujo del aire. Es el caso de la r simple del español y de la t en water del inglés estándar americano. En el caso de la r vibrante múltiple este mismo movimiento se repite varias veces. 

Punto de articulación.

Según el punto de articulación las consonantes pueden ser:

Bilabiales: la dificultad al flujo del aire se produce entre ambos labios. Por volver a citar un ejemplo que ya vimos en este artículo, tanto la b como la v pueden ser pronunciadas como oclusivas bilabiales o como aproximantes bilabiales, según el caso. 

Labiodentales: entre los dientes superiores y el labio inferior, como en el caso de la f.

Interdentales: la lengua se posiciona entre los dientes superiores e inferiores. Es el caso de la th del inglés en palabras como the o de la c de acentos del español peninsular antes de e o i.

Dentales: la lengua se posiciona detrás de los dientes superiores, como en el caso de la d o la t en español.

Alveolares: la lengua se acerca a los alvéolos, como en la s, la l o la r. 

Postalveolares: la lengua se acerca o toca la zona inmediatamente posterior a los alvéolos. Es el caso del dígrafo ch en español, que es africada postalveolar en la mayoría de las variantes del español, y el caso de la y y la ll en mi propia variante, en la que existe el yeísmo rehilado, fenómeno por el cual estas se pronuncian como fricativas postalveolares. 

Palatales: el dorso de la lengua se aproxima al paladar duro. Es el caso, por ejemplo, de la ñ, que es palatal nasal, o de la y en la mayoría de las variedades del español (y de la ll en variedades yeístas), que puede pronunciarse como una palatal aproximante, palatal fricativa e incluso como una palatal africada.

Velares: la parte posterior de la lengua se aproxima al paladar blando, como en el caso de la j en español, que puede ser fricativa o aproximante, o de la c frente a a, o, u o consonante, que es una oclusiva velar. 

Uvulares: si bien no es un sonido frecuente en el idioma español se produce cuando la parte posterior de la lengua se aproxima a la campanilla produciendo un sonido gutural. Ejemplos son la r del francés o la r del alemán en los casos en los que suena. 

Glotales: el sonido procede de la glotis, que es el espacio que existe entre las cuerdas vocales. En español se puede escuchar este sonido, por ejemplo, en el caso de las s aspiradas. En mi variante del español en particular en la palabra esto la s suena como la h del inglés en hello. Hay más de una consonante glotal. En el caso particular de la h del inglés, y por ende de la s aspirada del español, hay discusiones acerca de si no es en realidad una vocal sorda. Porque en sí el aire fluye libremente, lo que alejaría a este sonido en particular de la definición de consonante.

Sonoridad.

Las consonantes pueden ser sonoras o sordas. Si son sonoras nuestras cuerdas vocales vibran al pronunciarlas, si son sordas no lo hacen. Esto es bastante fácil de practicar: al pronunciar una consonante tocamos la cara anterior del cuello. Si sentimos una vibración es una consonante sonora, si no, no lo es. Por poner un ejemplo práctico, la v en español, como hemos visto, se puede pronunciar como una oclusiva bilabial sonora o como una aproximante bilabial sonora, según el caso. Pero en inglés y en francés, por ejemplo, es una fricativa labiodental sonora, un sonido que no existe en español, y en alemán es una fricativa labiodental sorda, equivalente a la f del español, salvo en préstamos lingüísticos. La utilidad de practicar conscientemente la pronunciación sonora o insonorizada de un fonema se evidencia, sobre todo, cuando tenemos que producir un sonido que no existe en nuestra lengua materna: como ya vimos, la s en español se pronuncia como fricativa sorda con diferentes puntos de articulación, pero nunca como sonora. Sin embargo, por poner un ejemplo, la s del alemán en palabras como Sie o Sonne se pronuncia como una fricativa predorsal sonora, un sonido que no existe en español. Entonces, la tendencia de los hispanohablantes al pronunciar estas palabras en alemán es a pronunciar la s como sorda, porque es el sonido más cercano que tenemos en nuestro propio idioma. Esto es, por otra parte, la base del acento extranjero: la asimilación de los sonidos de la lengua meta a los más similares en nuestro repertorio. La práctica consciente de estos nuevos sonidos, basándonos en conocimientos de fonética, nos acerca más a la pronunciación nativa. Y, prometido, se afina el oído: luego de un tiempo empezamos a diferenciar sonidos que antes nos sonaban iguales, porque los adquirimos y los agregamos a nuestro repertorio.

La pronunciación, además, puede cambiar el significado de las palabras. Tomemos un ejemplo del francés. En francés pescado se dice poisson. Esa doble s se pronuncia como fricativa alveolar sorda. Y veneno se dice poison, y la s se pronuncia como una fricativa alveolar sonora. Entonces, la diferencia entre deme el pescado (donnez-moi le poisson) y deme el veneno (donnez-moi le poison) es… fonética. Por supuesto que siempre el contexto ayuda. Si alguien que está aprendiendo español me dice perro yo mañana no puedo ir… yo voy a entender. ¿Pero se imaginan que podría pasar si el poisson y el poison fueran ambos parte de algo y tuvieran que ir en un orden específico?

Repasando el artículo creo que ya he agregado demasiada información. A conciencia de no haber agregado toda. Por poner un ejemplo, ¿vieron ese chasquido que hacemos a veces cuando queremos expresar, por ejemplo, desilusión o molestia? Bueno, ese chasquido y muchos más son parte de algunas lenguas. En particular de algunas lenguas africanas, según ejemplos que he visto. Sí, es imposible abarcar toda la fonética en un solo artículo. Además de que aquí y aquí puedes leer más acerca de las reglas de pronunciación del español.

Estoy, actualmente, haciendo un intercambio lingüístico con una persona que es hablante nativa del inglés. Yo me monitoreo mucho cuando hablo en una lengua extranjera y, en mis intercambios con esta persona he notado que, a medida que pasa el tiempo en el que hablamos en inglés, mi acento extranjero empeora. O, mejor dicho, aumenta. Yo, pensando que iba a ser al revés, empecé a investigar. Y lo que descubrí fue fascinante. En la medida en la que nuestras conversaciones se hacen más complejas yo necesito buscar en mi cerebro el vocabulario necesario para mantenerme a la altura. Para lograr eso mi cerebro, aparentemente, apaga lo más “superficial”, que es la pronunciación, para permitirme encontrar el vocabulario adecuado. Y eso que mi inglés es bueno, que lo hablo de forma casi natural, y que lo empecé a aprender con 8 o 9 años. Pero aún así me sucede esto. Por eso les traje conceptos de Chomsky, que para mí son super interesantes. Y por eso les quiero dejar un último mensaje, porque las personas que decidimos embarcarnos en la aventura de aprender una lengua extranjera como adultos generalmente tenemos el problema de que le tenemos miedo al error. Atrás de un acento extranjero, o de un circunloquio, o de simplemente no lograr expresar lo que queremos, lo que hay es valentía. La valentía de intentar expresarnos con otras palabras, con otros códigos culturales, con otros fonemas y sin la facilidad que tenemos en nuestra propia lengua. Así que anímate, equivócate y vuelve a intentarlo. Como siempre, ¡gracias por leer!

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