La pragmática lingüística y por qué creo yo que todos deberíamos aprenderla

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ste artículo no es sobre el idioma español. Ni tampoco sobre aprendizaje de lenguas extranjeras, ni sobre motivación para el aprendizaje. Lo advierto desde el principio porque, si bien a mí me resulta muy interesante el tema sobre el que voy a hablar aquí, este texto poco suma a quien está aprendiendo español o cualquier otra lengua extranjera. Pero sí es interesante, al menos para mí, porque vamos a hablar sobre pragmática lingüística, y a mi entender comprender conceptos de pragmática nos ayuda con el uso no solo de las lenguas extranjeras que estemos adquiriendo, sino con el uso de nuestra propia lengua. Porque hablar no es simplemente emitir un mensaje en un código descifrable para otro cerebro que lo comprenda. No, los actos comunicativos tienen muchos niveles y, si los pensamos desde un punto de vista pragmático, podemos modificar el efecto que tienen sobre quienes los reciben, e incluso lograr cosas positivas. Bueno, o negativas. Todo dependerá de nuestras intenciones.

La pragmática, a grandes rasgos, es la rama de la lingüística que estudia cómo influye el contexto en la interpretación del significado de un enunciado. A diferencia de la semántica, que por así decirlo interpreta el significado literal de palabras y oraciones, la pragmática se centra más en el porqué de la emisión de un enunciado, en el contexto, en la intención. Y si bien en este artículo voy a dar opiniones personales que probablemente poco tengan que ver con la pragmática en sí, creo que es interesante repasar un poco este tema para enmarcar los conceptos que quiero verter aquí. Como planteaba John Langshaw Austin, un filósofo británico, los actos comunicativos tienen tres niveles: el locutivo, que representa la mera emisión de un mensaje, el ilocutivo, que representa la intención con la que emitimos dicho mensaje, y el perlocutivo, que son las consecuencias ocasionadas en nuestro entorno por el mensaje emitido. Veamos esto con un ejemplo simple. Si yo le pregunto a alguien ¿puedes cerrar la ventana?, desde un punto de vista estrictamente semántico puedo estarle preguntando, por ejemplo, si tiene la capacidad física de cerrar la ventana en cuestión, pero en general cuando alguien hace esa pregunta sus intenciones, es decir, el nivel ilocutivo de esa pregunta, es que la persona a la que se la hace cierre la ventana. El nivel perlocutivo, como decía antes, son las consecuencias: que la otra persona cierre o no la ventana. ¿Por qué traigo estos conceptos, y por qué uso, pragmáticamente, la palabra consecuencias? Porque los actos comunicativos tienen consecuencias y porque el principal concepto que quiero dejar en este artículo es que si abrazamos la pragmática como estrategia los actos comunicativos se pueden planificar.

Hablar, eso que hacemos todo el tiempo al interactuar con otras personas, no es simplemente emitir mensajes descifrables por alguien más. Es la base de nuestra interacción como seres humanos. Por eso es que, en todos los idiomas existen, por ejemplo, las formas de cortesía. Su existencia implica que hay varias formas de transmitir el mismo mensaje. Y que existan varias formas de transmitir el mismo mensaje implica que podemos, cada vez que vamos a decir algo, elegir cuál vamos a utilizar. Yo entiendo que una conversación suele ser una situación de intercambio muy rápido, y que los seres humanos tendemos a reaccionar y a hacerlo muchas veces de mala manera. Y para mí es muy fácil decir lo que voy a decir ahora, porque yo soy una persona muy estable anímicamente, estoy todo el tiempo de buen humor y, naturalmente, tiendo a no reaccionar emocionalmente, y sé que no todo el mundo es así. Pero, también, desde que aprendí conceptos de pragmática, aprendí también a utilizar los actos comunicativos. Lo que quiero decir es que, desde mi punto de vista, si elegimos cómo transmitir el mensaje que sea podemos llevar una situación al terreno en el que mejor nos manejemos. Y también podemos transmitir mensajes que cambien, para bien o para mal, una situación determinada. 

Les voy a contar una anécdota. Yo no sé pelear. Pelear en el sentido de mantener una discusión, confrontando puntos de vista, con el tono de voz elevado, enojado. No me sale. Y no sé intervenir en una discusión así: si dos personas se enfrentan delante de mí en una discusión que sube de tono yo quedo anulado, sin energía, y no sé qué hacer. Me encantaría tener la capacidad de dar dos gritos e intervenir, pero no la tengo. Una noche, hace unos años, estaba en la casa de un amigo. Él y una amiga en común, compañeros de trabajo ellos, se pusieron a hablar de una situación particular de su trabajo. Tenían puntos de vista diametralmente opuestos y la conversación, que había empezado en términos amigables, escaló a una pelea. Los dos enojados, con las caras rojas, el tono de voz elevado, casi gritando. Estábamos nosotros tres en la casa, es decir, ellos discutiendo y yo sentado en un sofá, viendo ese espectáculo con mi nula capacidad para intervenir. Así que tomé una decisión muy adulta: me tiré al piso y fingí tener una convulsión. El susto que les di, claramente, terminó la discusión. A ese punto soy incapaz de intervenir en una pelea: la planificación de los actos comunicativos me permite, por ejemplo, llevar al terreno de la conversación amigable a las personas que vienen a hablarme con ganas de pelear.

¿Por qué no decir algo positivo?

Los humanos somos complicados. Algo que he notado en la vida es que tendemos a resaltar lo malo: cuando algo sale mal criticamos, señalamos, lo resaltamos. Pero cuando las cosas salen bien por regla general escatimamos los elogios. Y esto también tiene que ver, al menos desde mi punto de vista, con la pragmática. Por aquello de que se critica en privado y se elogia en público, y porque siempre un comentario positivo mejora el ambiente. Decirle a alguien “qué buen trabajo” cuando hizo bien su tarea, por ejemplo, cambia la predisposición de esa persona para el resto de la jornada. O, en mi trabajo, por ejemplo, donde normalmente trabajo con compañeros diferentes, decirle a alguien “qué bueno que hoy trabajamos juntos”. O, simplemente, decirle a alguien que queremos que lo queremos. Sin razón, sin que sea un día especial. Y si tenemos que decir algo negativo, hacer una crítica o lo que sea que no vaya a ser positivo o agradable también podemos planificarlo para que de ahí salga algo positivo. 

Lo dije en este artículo: algo muy útil a la hora de aprender una lengua extranjera es aprender algo del lenguaje coloquial. Y lo reafirmo ahora que hablamos de pragmática lingüística. Cuando hablamos una lengua extranjera el hablante nativo no espera que utilicemos palabras que se utilizan en el día a día, en la calle, pero que están por fuera del lenguaje formal. Y esto, desde el punto de vista de la pragmática, también se puede utilizar para romper el hielo o para generar interés, por ejemplo. Soy consciente de que este artículo ha sido, básicamente, palabrerío. Pero quería compartir estos conceptos porque haber estudiado pragmática lingüística fue para mi un antes y un después a la hora de interpretar los actos comunicativos en los que me veo envuelto y, sobre todo, de utilizar mi propia lengua en la vida cotidiana.

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