Mi experiencia con los errores en la adquisición de lenguas
ntes que nada les pido disculpas, y les advierto. En este artículo voy a divagar. Hablar pavadas, decimos en español rioplatense.
Yo hablo, con diferentes niveles de competencia lingüística, 4 idiomas. Español, mi lengua materna. Inglés, me animo a decir que muy bien porque lo aprendo desde mis 9 años y es lo que me han dicho los hablantes nativos con los que he interactuado en persona, además de que no tengo problemas para mantener una conversación normal. Alemán, bien, porque tengo un examen de C1 aprobado y porque uso el idioma frecuentemente y, si bien a veces mi cabeza tiene que funcionar como una computadora para lograr decir lo que quiero decir, en general lo logro aunque a veces (muchas veces) tenga que recurrir a circunloquios, y cuando mi interlocutor dice con 3 palabras lo que yo dije con 24… Y francés. Con el francés en realidad me estoy peleando, y tengo que reconocer que me va ganando. La pronunciación es tan difícil que no logro avanzar, por ejemplo, con el vocabulario, yo, que hablo español, otra lengua romance. Pero si hoy me tocara ir a Francia de viaje me las arreglaría sin mayores problemas, al menos para lo básico, si lo básico no incluye usar el subjonctif.
Hace unos años hice un curso de alemán en Dresde, Sajonia, Alemania. A mí me encanta viajar, y cuando viajo me encanta mezclarme con la gente local para tratar de aprender más de su cultura. Y también me gusta la cerveza negra, así que estando en Dresde una noche decidí ir a un bar a tomar cerveza negra. Mi nivel de alemán, en ese momento, era muy bajo, como mucho un A2, y los alemanes son personas muy directas y que no dejan pasar los errores. Es decir, si te equivocas en algo, te lo dicen. El alemán tiene casos gramaticales, algo que no voy a explicar qué es en este artículo porque me extendería por 800 páginas. El punto es que los casos gramaticales implican que exista la declinación, es decir, muchas palabras cambian según la función que cumplan en la oración. Por poner un ejemplo, en inglés rojo se dice red, y se dice red en todos los casos. En alemán se dice rot, pero dependiendo del caso puede convertirse en rote, roter, roten, rotem o rotes. Creo que no me olvido de ninguna de las formas. Pero es peor: algunas de esas formas pueden ser masculinas, femeninas, singulares o plurales, según el caso gramatical. Es decir, rojo, roja, rojos, rojas es un juego de niños.
El caso es que fui al bar, y ensayé en la entrada cómo pedir que me recomendaran una buena cerveza negra.
– Könnten Sie mir bitte ein gutes dunkel Bier empfehlen?
– Hast du dunkles gesagt?
Esa fue la respuesta, con cara de pocos amigos, porque no había declinado el adjetivo dunkel. ¿A qué viene la anécdota? A que el error es parte del proceso de la adquisición de una lengua extranjera. Y a los humanos no nos gusta equivocarnos, nos pone nerviosos, nos da vergüenza. El problema es justamente que el error es parte de, y cuando aprendemos un idioma no podemos esperar a hablarlo de forma perfecta para empezar a utilizarlo, por un lado porque si no lo utilizamos no avanzaremos, y por otro porque lo más probable es que nunca consigamos hablarlo con la competencia de un nativo. De hecho, por diferentes factores, si comenzamos a aprender una lengua extranjera como adultos es altamente improbable que adquiramos la competencia de un hablante nativo. Hay una teoría que dice que, de los adultos que comienzan a aprender una lengua extranjera, solamente un 5% alcanzará este nivel de competencia lingüística. Y le dicen el 5% patológico. Así que, básicamente, lo que quiero transmitir con este artículo es que no hay que tener miedo al error y, si no se puede evitar el miedo, hay que equivocarse con miedo. Y si nos corrigen, aceptarlo. Después de todo las correcciones nos ayudan a mejorar ¿no?
Otra estrategia, y mientras escribo me doy cuenta de que en parte estoy haciendo catarsis, es no concentrarse en los errores. Eso aumenta el nerviosismo a la hora de utilizar la lengua extranjera que estamos adquiriendo. Y en este caso me voy a poner a mí mismo de ejemplo. Más arriba les contaba que más que aprender francés estoy luchando con el idioma, y voy perdiendo. Yo aprendo idiomas porque me gusta, y del francés en particular lo que más me gusta es como suena. Amo como suena el francés. Pero yo, cuando hablo francés, tengo un marcado acento español, así que detesto como sueno cuando lo hablo.
¿Por qué tenemos acento extranjero cuando hablamos otra lengua? Lo más probable es que, al hablar la o las lenguas extranjeras que hayamos adquirido, tengamos un acento extranjero. Esto ocurre porque al adquirir un nuevo idioma asimilamos sus sonidos, su entonación, etc, a lo más similar que exista en nuestra o nuestras lenguas maternas. Y si bien muchos lingüistas me discutirían esto y me dirían que estoy divagando (hablando pavadas), desde mi humilde punto de vista el acento extranjero es la forma más común de error al hablar otra lengua, y es la forma de error que más tiende a fosilizarse. He leído muchas explicaciones sobre qué es la fosilización de los errores, pero la que más me gusta es la siguiente: los errores fosilizados son aquellos que, al no impedir la comunicación, nuestro cerebro decide no corregir. Porque no es estrictamente necesario. Y en el caso particular del acento extranjero en la mayoría de los casos no lo es. No es lo mismo conjugar mal los verbos, confundir el vocabulario u olvidarse de los pronombres reflexivos que pronunciar los sonidos de un idioma de forma similar a como los pronuncian los nativos. Dicho todo esto, volvemos a mi francés.
Como les decía, yo cuando hablo francés tengo un marcado acento español. La pronunciación del francés es muy difícil, tiene por ejemplo vocales nasales que en mi idioma no existen, está llena de excepciones y un largo etcétera. Entonces a mí mismo me pasa que cuando hablo en francés y escucho mi propio acento extranjero me concentro tanto en mis errores de pronunciación que, por un lado, no encuentro muchas veces las palabras para decir lo que quiero decir, porque estoy completamente concentrado en escucharme, y por otro me hago tan consciente de que no pronuncio como quisiera que comienzo a pronunciar peor. Entonces, desde mi punto de vista, y en este momento me estoy aconsejando a mí mismo, perdámosle el miedo a los errores y concentrémonos en lo que hacemos bien, en lugar de en lo que hacemos mal. Y equivoquémonos: equivocarse y ser corregido también es una forma de avanzar.
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