No me hagas pirar porque piro: ¿por qué vale la pena aprender expresiones coloquiales en nuestras lenguas meta?
i primer contacto con las lenguas extranjeras fue a mis ocho o nueve años, cuando empecé a aprender inglés. Estamos hablando de hace unos años ya, en una pequeña ciudad en el noroeste de Uruguay en la era pre Internet. El inglés que yo aprendía, en ese momento, si bien eran clases para niños y más tarde para adolescentes, era el inglés de institución académica.
Creo que esto es algo que nos ha pasado a todos quienes aprendemos una lengua extranjera, y especialmente a quienes la aprendemos en una institución: aprendemos una cosa, pero luego nos exponemos al idioma que se habla en la calle y nos encontramos con algo bastante diferente e incluso con cosas que, simplemente, no podemos comprender, más allá del nivel de competencia lingüística que hayamos adquirido. Porque, siempre desde mi punto de vista y como decía en este artículo, uno habla como se habla, y “como se habla” tiene un montón de definiciones. Es decir, la mayoría de las personas cambiamos nuestra forma de hablar, en muchos casos, dependiendo del interlocutor, la situación comunicativa, etc. El punto es que yo, allá, en el noroeste de Uruguay, en una época en la que no había Internet y había tres canales de televisión, comencé a tomar contacto con el inglés real unos diez años después de haber comenzado a aprenderlo, y me di cuenta que había muchas cosas que no entendía.
Después empecé a viajar, y viajando me di cuenta de lo mucho que facilita un viaje el hablar la lengua del país que uno visita. Y no solamente en lo obvio. Claramente, si uno domina la lengua local de un país la comunicación va a ser mucho más fácil que si uno habla una lengua extranjera que el interlocutor de turno no habla. O no quiere hablar aunque la hable, algo que en algunos países pasa. Igualmente, más allá de la competencia lingüística, poder hablar al menos un poco de la lengua de un país que visitamos ya facilita mucho las cosas. En general al local le cae simpático que al menos intentemos chapurrear algo en su lengua local. Desde mi punto de vista, es una forma de respeto: todos sabemos lo difícil que es aprender lenguas extranjeras, pero cuando al menos algo sabemos decir estamos demostrando que hicimos, al menos, un esfuerzo para acercarnos a la cultura de ese país que visitamos. Cae bien, lo prometo, aunque sea poca cosa lo que sabemos decir. Yo sé decir, por ejemplo, “hola, yo soy Federico” (Përshëndetje, unë jam Federico) en albanés y “hola, ¿cómo estás?” (Zdravo, kako si?) en serbocroata. No sé decir nada más en ninguno de los dos idiomas, pero las veces que pude usar esas frases con hablantes nativos las reacciones fueron muy positivas. Y eso que son frases comunes.
Ya de adulto comencé a aprender alemán, francés, a mejorar mi inglés y me decidí a hacer un máster de Español como lengua extranjera. Básicamente, a consecuencia de los viajes y del intercambio cultural que ellos implican. Y un buen día yo estaba cursando el C1 de Alemán, en medio de la pandemia de COVID-19. No recuerdo exactamente de qué estábamos hablando pero nuestro profesor, alemán nativo, con todo su acento alemán y, además, con cara de risa, porque creo que sabía perfectamente lo que iba a causar, nos dijo esto:
– Cuándo salgamos de este quilombo…
La reacción fue una carcajada de parte de todo el grupo. La palabra quilombo, de uso frecuente en el español rioplatense, proviene del portugués, idioma que influencia mucho nuestro español. Los quilombos eran, en épocas de esclavitud, un lugar en el que vivían esclavos fugados de sus esclavizadores. Esta palabra, a su vez, procede del Kimbundu, una lengua hablada en Angola. Actualmente perdió su significado original y, entre otras acepciones, por estos lares significa problema, lío. Está, de hecho, aceptada por la RAE. Pero la risa de nuestra parte fue porque no nos esperábamos que el profe utilizara esa palabra, tan propia de nuestras latitudes. Fue, claro, una carcajada de sorpresa y de aceptación.
Yo sé decir tres palabras en Albanés porque conocí, hace unos años, a una persona de Albania. Yo intento todo el tiempo hacer contactos en Internet para practicar los idiomas que aprendo y, como siempre que soy contactado por alguien, lo primero en lo que me enfoco es comprobar que la persona que se muestra en ese perfil es real. Esa vez me contactó esta persona de Albania y cuando empezamos a hablar le conté que yo era de Uruguay, y como mi país es relativamente poco conocido, le pregunté si tenía idea de dónde quedaba.
– ¿Uruguay? ¡Claro que sé dónde queda, boludo!
Bajé completamente la guardia, porque simplemente me descolocó. Nunca me hubiera esperado que alguien de Albania me dijera boludo. Esta palabra tiene su origen en las guerras de independencia de Argentina, en las que los gauchos se enfrentaban a los soldados españoles con las armas que tenían, entre ellas, las boleadoras, que son un arma arrojadiza que consiste en dos o tres bolas de piedra unidas por tiras de cuero. Quienes portaban las boleadoras eran los boludos. Pero los gauchos estaban muy expuestos a las armas de fuego de los españoles, por lo que morían fácilmente. Por esta razón una vez un político argentino dijo que no había que ser boludo. De ahí surge la primera acepción de esta palabra, tonto o estúpido. Hoy en día la palabra boludo, que se utiliza en Argentina y Uruguay, tiene muchas más acepciones. De hecho su uso más frecuente hoy en día es como vocativo, como una forma de llamarse entre personas y en ese contexto no tiene ningún sentido insultante. Y esta persona de Albania no sólo utilizó esa palabra, sino que la utilizó de una forma muy natural, como la utilizo yo todo el tiempo hablando mi variedad del idioma español. Entonces me ganó la curiosidad y la comunicación fluyó de forma mucho más fácil.

Entonces, ¿por qué cuento todo esto? Simplemente porque desde mi punto de vista es muy útil aprender expresiones coloquiales en la lengua o las lenguas que estemos aprendiendo. Y no, no les voy a dejar una lista de expresiones de este tipo en español, ya que las mismas son propias de cada país. El mensaje que quiero transmitir aquí es que, no importa qué lengua estén aprendiendo, intenten contactar con un local para intercambiar y aprender cosas que no van a aprender en libros, que seguramente tampoco van a aprender en un instituto de enseñanza de idiomas, pero que van a escuchar, en la calle, todo el tiempo. Porque utilizar estas expresiones va a ser algo inesperado para el interlocutor y va a generar una reacción positiva, de cercanía lingüística por decirlo de alguna manera y va a hacer que la comunicación fluya más fácilmente aunque nuestro dominio de la lengua que estamos utilizando no sea el óptimo.
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